Belice, belleza natural

 

La primera sorpresa del viajero al llegar a Belice es comprobar cómo la mayoría de los beliceños son una salsa mixta de africanos, latinos y europeos.


Durante la época de la conquista este territorio no atrajo a los españoles porque su población era mínima y la poca profundidad de sus aguas no permitía que sus embarcaciones navegaran por ellas.


Lo que para los españoles era una desventaja fue aprovechado por piratas ingleses y escoceses, quienes consideraron la barrera de arrecifes como una protección natural.

Para finales del siglo XVIII el gobierno británico ya había tomado posesión de Belice, cuya principal actividad era la maderera, sobre todo la explotación de caoba. La gran demanda de este producto hizo que Belice se convirtiera en una próspera colonia.

Esclavos africanos fueron traídos para ayudar en la producción. Posteriormente, y debido a la Guerra de las Castas en la Península de Yucatán, muchos mayas y mestizos se refugiaron en Belice. Durante el siglo XIX algunos británicos se mudaron a esta región.

La diversidad de razas que habitan en esta pequeña porción de tierra es testigo de los acontecimientos que han conformado el país.

En sus tierras habitan criollos, mayas, mestizos, garífunas (negros con sangre de indios caribes) y menonitas, y no fue sino hasta 1981 cuando a Belice se le reconoció oficialmente su independencia y soberanía.

Su pequeña extensión encierra infinidad de bellezas naturales y frente al litoral se extiende la barrera de coral más larga del Hemisferio Occidental y la segunda del planeta, después de la australiana; todo un paraíso para los amantes del submarinismo. Estos arrecifes emergen en forma de islotes o cayos que dan a sus cristalinas aguas infinitas tonalidades de azul.

La auténtica capital turística es San Pedro, un pueblo de calles de arena y coloridas casas de madera, en la Isla de Ambergris. Este cayo es un manglar pantanoso e inhabitable en su mayor parte, pero a lo largo de la costa oriental se sucede una serie de hotelitos y casas de playa, la mayoría accesible únicamente por mar.

La ciudad apenas tiene media docena de bares tropicales y la mayoría de sus hoteles se distribuyen por la miríada de islas, cayos y atolones deshabitados del mayor arrecife del Hemisferio Norte, que corre paralelo a las costas de Yucatán y Belice.

Quienes llegan hasta estos apartados lugares saben perfectamente lo que quieren, por eso pocos son los que vienen aquí solos, lo hacen en pareja para bucear, leer, amar... incluso casarse.

El más famoso de los parques nacionales de Belice, el Mountain Pine Ridge, hermoso espacio de espesos bosques, verdes valles y turbulentos ríos, fue el lugar elegido por Francis Ford Coppola para instalar el Blancaneaux Lodge, un hotel de jungla en el que las lujosas cabañas, engañosamente rústicas, se esconden entre flores y exóticas plantas tropicales en lo alto de una ladera por cuyo fondo brincan jubilosas y saltarinas las aguas del río Preservación.

Es impresionante contemplar desde lo alto el ancho lecho de granito por el que las aguas van cincelando su camino.

Actualmente, gracias a sus bellezas naturales, el turismo es parte fundamental de la economía de Belice.

Fuente: www.viajeros.com

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